"Un alma pura" de Carlos Fuentes
A Berta Maldonado
Mais les manoeuvres inconscientes d’une âme
pure sont encore plus singulières que les
combinaisons du vice.
Raymond Radiguet, Le Bal du Comte d’Orgel
Juan Luis, pienso en ti cuando tomo mi lugar en el autobús que me
llevará de la estación al aeropuerto. Me adelanté a propósito. No quiero
conocer desde antes a las personas que realmente volarán con nosotros.
Este es el pasaje de un vuelo de Alitalia a Milán; sólo dentro de una
hora deberán abordar el autobús los viajeros de Air France a París,
Nueva York y México. Es que temo llorar, descomponerme o hacer algo
ridículo y después soportar miradas y comentarios durante dieciséis
horas. Nadie tiene por qué saber nada. Tú también lo prefieres así, ¿no
es cierto? Yo siempre pensaré que fue un acto secreto, que no lo hiciste
por... No sé por qué pienso estas cosas. No tengo derecho a explicar
nada en tu nombre. Y, quizá, tampoco en el mío. ¿Cómo voy a saber, Juan
Luis? ¿Cómo voy a ofendernos afirmando o negando que, quizá, en ese
instante, o durante un largo tiempo —no sé cómo ni cuándo lo decidiste;
posiblemente desde la infancia; ¿por qué no?— fueron el despecho, el
dolor, la nostalgia o la esperanza tus motivos? Hace frío. Está soplando
ese viento helado de las montañas que pasa como un hálito de muerte
sobre la ciudad y el lago. Me cubro la mitad del rostro con las solapas
del abrigo para retener mi propio calor, aunque el autobús está
calentado y ahora arranca suavemente, envuelto también en su vaho.
Salimos de la estación de Cornavin por un túnel y yo sé que no veré más
el lago y los puentes de Ginebra, pues el autobús desemboca a la
carretera a espaldas de la estación y sigue alejándose del Léman, rumbo
al aeropuerto. Pasamos por la parte fea de la ciudad, donde viven los
trabajadores de temporada, llegados de Italia, de Alemania y de Francia a
este paraíso donde no cayó una sola bomba, donde nadie fue torturado o
asesinado o engañado. El propio autobús da esa sensación de pulcritud,
de orden y de bienestar que tanto te llamó la atención desde que
llegaste, y ahora que limpio con la mano la ventanilla empañada y veo
estas casas pobretonas pienso que, a pesar de todo, no se ha de vivir
mal en ellas. Suiza termina por confortarnos demasiado, decías en una
carta; perdemos el sentido de los extremos, que en nuestro país son
visibles e insultantes. Juan Luis: en tu última carta no necesitabas
decirme —lo comprendo sin haberlo vivido: ése fue siempre nuestro lazo
de unión— que ese orden de todo lo exterior —la puntualidad en los
trenes, la honradez en el trato, la previsión del trabajo y el ahorro a
lo largo de la vida— estaba exigiendo un desorden interno que lo
compensara. Me estoy riendo, Juan Luis; detrás de una mueca que lucha
por retener las lágrimas, empiezo a reír y todos los pasajeros a mirarme
y a murmurar entre ellos; es lo que deseaba evitar; menos mal que éstos
son los que van a Milán. Río pensando que saliste del orden de nuestra
casa en México al desorden de tu libertad en Suiza. ¿Me entiendes? De la
seguridad en el país de los puñales ensangrentados a la anarquía en el
país de los relojes cucú. Dime si no tiene gracia. Perdón. Ya pasó.
Trato de calmarme viendo las cumbres nevadas de los Jura, ese enorme
acantilado gris que ahora busca en vano su reflejo en las aguas que de
él nacieron. Tú me escribiste que en verano el lago es el ojo de los
Alpes: los refleja, pero los transforma en una vasta catedral sumergida,
y decías que al arrojarte al agua buceabas en busca de las montañas.
¿Sabes que tengo tus cartas conmigo? Las leí en el avión que me trajo de
México y durante los días que he estado en Ginebra, durante los
momentos libres que tuve. Y ahora las leeré de regreso. Sólo que en este
viaje tú me acompañas.
Hemos viajado tanto juntos, Juan Luis. De niños íbamos todos los
fines de semana a Cuernavaca, cuando mis papas todavía tenían esa casa
cubierta de buganvilla. Me enseñaste a nadar y a montar en bicicleta.
Nos íbamos los sábados en la tarde en bicicleta al pueblo y todo lo
conocí por tus ojos. “Mira, Claudia, los volantines; mira, Claudia,
miles de pájaros en los árboles; mira, Claudia, las pulseras de plata,
los sombreros de charro, las nieves de limón, las estatuas verdes; ven,
Claudia, vamos a la rueda de la fortuna.” Y para las fiestas de año
nuevo, nos llevaban a Acapulco y tú me despertabas muy de madrugada y
corríamos a la Playa de Hornos porque sabías que esa hora del mar era la
mejor: sólo entonces los caracoles y los pulpos, las maderas negras y
esculpidas, las botellas viejas aparecían arrojados por la marea, y tú y
yo juntábamos todo lo que podíamos, aunque ya sabíamos que después no
nos permitirían llevarlo a México y, realmente, esa cantidad de cosas
inútiles no cabían en el coche. Es curioso que cada vez que deseo
recordar cómo eras a los diez, a los trece, a los quince años, piense
inmediatamente en Acapulco. Será porque durante el resto del año cada
uno iba a su escuela y sólo en la costa, y festejando precisamente el
paso de un año a otro, todas las horas del día eran nuestras. Allí
representábamos. En los castillos de roca, donde yo era una prisionera
de los ogros y tú subías con una espada de palo en la mano, gritando y
batiéndote con los monstruos imaginarios para liberarme. En los galeones
piratas —un esquife de madera— donde yo esperaba aterrada a que
terminaras de batirte en el mar con los tiburones, que me amenazaban. En
las selvas tupidas de Pie de la Cuesta, por donde avanzábamos tomados
de la mano, en busca del tesoro secreto indicado en el plano que
encontramos dentro de una botella. Acompañabas tus acciones tarareando
una música de fondo inventada en el momento: dramática, en clímax
perpetuo. Capitán Sangre, Sandokan, Ivanhoe: tu personalidad cambiaba
con cada aventura; yo era siempre la princesa amenazada, sin nombre,
idéntica a su nebuloso prototipo.
Sólo hubo un vacío: cuando tú cumpliste quince y yo sólo tenía doce y
te dio vergüenza andar conmigo. Yo no entendí, porque te vi igual que
siempre, delgado, fuerte, quemado, con el pelo castaño y rizado y
enrojecido por el sol. Pero al año siguiente nos emparejamos y anduvimos
juntos otra vez, ahora no recogiendo conchas o inventando aventuras,
sino buscando la prolongación de un día que empezaba a parecemos
demasiado corto y de una noche que nos vedaban, se convertía en nuestra
tentación y era idéntica a las nuevas posibilidades de una vida recién
descubierta, recién estrenada. Caminábamos por el Farallón después de la
cena, tomados de la mano, sin hablar, sin mirar a los grupos que
tocaban la guitarra alrededor de las fogatas o a las parejas que se
besaban entre las rocas. No necesitábamos decir que los demás nos daban
pena. Porque no necesitábamos decir que lo mejor del mundo era caminar
juntos de noche, tomados de la mano, sin decir palabra, comunicándonos
en silencio esa cifra, ese enigma que jamás, entre tú y yo, fue motivo
de una burla o de una pedantería. Éramos serios sin ser solemnes,
¿verdad? Y posiblemente nos ayudábamos sin saberlo, de una manera que
nunca he podido explicar bien, pero que tenía que ver con la arena
caliente bajo nuestros pies descalzos, con el silencio del mar en la
noche, con el roce de nuestras caderas mientras caminábamos, con tus
nuevos pantalones blancos largos y entallados, con mi nueva falda roja y
amplia: habíamos cambiado todo nuestro guardarropa y habíamos escapado
de las bromas, las vergüenzas y la violencia de nuestros amigos. Sabes,
Juan Luis, que muy pocos dejaron de tener catorce años—esos catorce años
que no eran los nuestros. El machismo es tener catorce años toda la
vida; es un miedo cruel. Tú lo sabes, porque tampoco lo pudiste evitar.
En cambio, a medida que nuestra infancia quedaba atrás y tú probabas
todas las experiencias comunes a tu edad quisiste evitarme a mí. Por eso
te entendí cuando, después de años de no hablarme casi (pero te espiaba
desde la ventana, te veía salir en un convertible lleno de amigos,
llegar tarde y con náusea), cuando yo entré a Filosofía y Letras y tú a
Economía, me buscaste, no en la casa, como hubiese sido natural, sino en
la Facultad de Mascarones y me invitaste a tomar un café en aquel
sótano caluroso y lleno de estudiantes una tarde.
Me acariciaste la mano y dijiste: —Perdóname, Claudia.
Yo sonreí y pensé que, de un golpe, regresaban todos los momentos de
nuestra infancia, pero no para prolongarse, sino para encontrar un
remate, un reconocimiento singular que al mismo tiempo los dispersaba
para siempre.
—¿De qué? —te contesté—. Me da gusto que volvamos a hablar. No hace
falta más. Nos hemos visto todos los días, pero era como si el otro no
estuviera presente. Ahora me da gusto que volvamos a ser amigos, como
antes.
—Somos más que amigos, Claudia. Somos hermanos.
—Sí, pero eso es un accidente. Ya ves, siendo hermanos nos hemos
querido mucho de niños y después ni siquiera nos hemos hablado.
—Voy a irme, Claudia. Ya se lo dije a mi papá. No está de acuerdo. Cree que debo terminar la carrera. Pero yo necesito irme.
—¿A dónde?
—Conseguí un puesto con las Naciones Unidas en Ginebra. Allí puedo seguir estudiando.
—Haces bien, Juan Luis.
Me dijiste lo que ya sabía. Me dijiste que no aguantabas más los
prostíbulos, la enseñanza de memoria, la obligación de ser macho, el
patriotismo, la religión de labios para afuera, la falta de buenas
películas, la falta de verdaderas mujeres, compañeras de tu misma edad
que vivieran contigo... Fue todo un discurso, dicho en voz muy baja,
sobre esa mesa del café de Mascarones.
—Es que no se puede vivir aquí. Te lo digo en serio. Yo no quiero
servir ni a Dios ni al diablo: quiero quemar los dos cabos. Y aquí no
puedes, Claudia. Si solo quieres vivir, eres un traidor en potencia;
aquí te obligan a servir, a tomar posiciones, es un país sin libertad de
ser uno mismo. No quiero ser gente decente. No quiero ser cortés,
mentiroso, muy macho, lambiscón, fino y sutil. Como México no hay dos...
por fortuna. No quiero seguir de burdel en burdel. Luego, para toda la
vida, tienes que tratar a las mujeres con un sentimentalismo brutal y
dominante, porque nunca llegaste a entenderlas. No quiero.
—¿Y mamá que dice?
—Llorará. No tiene importancia. Llora por todo, ¿a poco no?
—¿Y yo, Juan Luis?
Sonrió infantilmente: —Vendrás a visitarme, Claudia, ¡jura que vendrás a verme!
No sólo vine a verte. Vine a buscarte, a llevarte de regreso a México. Y hace cuatro años, al despedirnos, sólo te dije:
—Recuérdame mucho. Busca la manera de estar siempre conmigo.
Sí, me escribiste rogándome que te visitara; tengo tus cartas.
Encontraste un cuarto con baño y cocina en el lugar más bonito de
Ginebra, la Place du Bourg-de-Four. Escribiste que estaba en un cuarto
piso, en el centro de la parte vieja de la ciudad, desde donde podías
ver los techos empinados, las torres de las iglesias, las ventanillas y
los tragaluces estrechos, y más allá el lago que se perdía de vista, que
llegaba hasta Vevey y Montreux y Chillon. Tus cartas estaban llenas del
goce de la independencia. Tenías que hacer tu cama y barrer y
prepararte el desayuno y bajar a la lechería de al lado. Y tomabas la
copa en el café de la plaza. Hablaste tanto de él. Se llama La Clémence y
tiene un toldo con franjas verdes y blancas y allí se da cita toda la
gente que vale la pena frecuentar en Ginebra. Es muy estrecho: apenas
seis mesas frente a una barra donde las empleadas sirven cassis vestidas
de negro y a todo el mundo le dicen M’sieudame. Ayer me senté a
tomar un café y estuve mirando a todos esos estudiantes con bufandas
largas y gorras universitarias, a las muchachas hindús con los saris
descompuestos por los abrigos de invierno, a los diplomáticos con
rosetas en las solapas, a los actores que huyen de los impuestos y se
refugian en un chalet a orillas del lago, a las jóvenes alemanas,
chilenas, belgas, tunecinas, que trabajan en la oit. Escribiste que
había dos Ginebras. La ciudad convencional y ordenada que Stendhal
describió como una flor sin perfume; la habitan los suizos y es el telón
de fondo de la otra, la ciudad de paso y exilio, la ciudad extranjera
de encuentros accidentales, de miradas y conversaciones inmediatas, sin
sujeción a las normas que los suizos se han dado liberando a los demás.
Tenías veintitrés años al llegar aquí, y me imagino tu entusiasmo.
“Pero basta de eso (escribiste). Te tengo que decir que estoy tomando
un curso de literatura francesa y allí conocí... Claudia, no te puedo
explicar lo que siento y ni siquiera trato de hacerlo porque tú siempre
me has comprendido sin necesidad de palabras. Se llama Irene, y no sabes
cómo es de guapa y lista y simpática. Ella estudia la carrera de letras
aquí y es francesa; qué curioso, estudia lo mismo que tú. Quizá por eso
me gustó en seguida. Ja ja.” Creo que duró un mes. No recuerdo. Fue
hace cuatro años. “Marie-José habla demasiado, pero me entretiene.
Fuimos a pasar el fin de semana a Davos, y me puso en ridículo porque es
una esquiadora formidable y yo no doy una. Dicen que hay que aprender
desde niño. Te confieso que se me apretó y los dos regresamos a Ginebra
el lunes como salimos el viernes, nada más que yo con un tobillo
torcido. ¿No te da risa?” Luego llegó la primavera. “Doris es inglesa y
pinta. Me parece que tiene verdadero talento. Aprovechamos las
vacaciones de Pascua para irnos a Wengen. Dice que hace el amor para que
su subconsciente trabaje, y salta de la cama a pintar sus gouaches con
el picacho blanco de la Jungirau en frente. Abre las ventanas y respira
hondo y pinta desnuda mientras yo tiemblo de frío. Se ríe mucho y dice
que soy un ser tropical y subdesarrollado y me sirve kirsch para que me
caliente.” Doris me dio risa durante el año que se estuvieron viendo.
“Me hace falta su alegría, pero decidió que un año en Suiza era bastante
y se fue con sus cajas y sus atriles a vivir a la isla de Míconos.
Mejor. Me divertí, pero no es una mujer como Doris lo que me interesa.”
Una se fue a Grecia y otra llegó de Grecia. “Sophía es la mujer más
bella que he conocido, te lo juro. Ya sé que es un lugar común, pero
parece una de las Cariátides. Aunque no en el sentido vulgar. Es una
estatua porque la puedes observar desde todos los ángulos: la hago
girar, desnuda, en el cuarto. Pero lo importante es el aire que la
rodea, el espacio alrededor de la estatua, ¿me entiendes? Es el espacio
que ocupa y que le permite ser bella. Es oscura, tiene las cejas
muy espesas, y mañana, Claudia, se va con un tipo riquísimo a la Costa
Azul. Desolado, pero satisfecho, tu hermano que te quiere, Juan Luis.”
Y Christine, Consuelo, Sonali, Marie-France, Ingrid... Las
referencias fueron cada vez más breves, más desinteresadas. Diste en
preocuparte por el trabajo y hablar mucho de tus compañeros, de sus tics
nacionales, de sus relaciones contigo, del temario de las conferencias,
de sueldos, viajes y hasta pensiones de retiro. No querías decirme que
ese lugar, como todos, acaba por crear sus tranquilas convenciones y que
tú ibas cayendo en las del funcionario internacional. Hasta que llegó
una tarjeta con la panorámica de Montreux y tu letra apretada contando
de la comida en un restaurant fabuloso y lamentando mi ausencia con dos
firmas, tu garabato y un nombre ilegible, pero cuidadosamente repetido,
debajo, en letras de molde: Claire.
Ah, sí, lo fuiste graduando. No la presentaste como a las otras.
Primero fue un nuevo trabajo que te iban a encomendar. Después que se
relacionaba con la siguiente sesión de un consejo. En seguida, que te
gustaba tratar con nuevos compañeros, pero sentías nostalgia de los
viejos. Luego que lo más difícil era acostumbrarse a los oficiales de
documentos que no conocían tus hábitos. Por fin que habías tenido suerte
en trabajar con un oficial “compatible”, y en la siguiente carta: se
llama Claire. Y tres meses antes me habías enviado la tarjeta desde
Montreux. Claire, Claire.
Te contesté: “Mon ami Pierrot.” ¿Ya no ibas a ser franco conmigo? ¿Desde cuando Claire?
Quería saberlo todo. Exigía saberlo todo. Juan Luis, ¿no éramos los
mejores amigos antes de ser hermanos? No escribiste durante dos meses.
Entonces llegó un sobre con una foto dentro. Tú y ella con el alto
surtidor detrás y el lago en verano; tú y ella apoyados contra la
baranda. Tu brazo alrededor de su cintura. Ella, tan mona, con el suyo
sobre el cantero lleno de flores. Pero la foto no era buena. Resultaba
difícil juzgar el rostro de Claire. Delgada y sonriente, sí, una especie
de Marina Vlady más flaca, pero con el mismo pelo liso, largo y rubio.
Con tacones bajos. Un suéter sin mangas. Escotado.
Lo aceptaste sin explicarme nada. Primero las cartas contando hechos.
Ella vivía en una pensión de la Rue Emile Jung. Su padre era ingeniero,
viudo y trabajaba en Neuchâtel. Tú y Claire iban a nadar juntos a la
playa. Tomaban té en La Clémence. Veían viejas películas francesas en un
cine de la Rue Mollard. Cenaban los sábados en el Plat d’Argent y cada
uno pagaba su cuenta. Entre semana, se servían en la cafetería del
Palacio de las Naciones. A veces tomaban el tranvía y se iban a Francia.
Hechos y nombres, nombres, nombres como en una guía: Quai des Berges,
Gran’ Rue, Cave à Bob, Gare de Cornavin, Auberge de la Mére Royaume,
Champelle, Boulevard des Bastions.
Después, conversaciones. El gusto de Claire por algunas películas,
ciertas lecturas, los conciertos, y más nombres, ese río de sustantivos
de tus cartas (Drôle de Drame y Les Enfants du Paradis, Scott
Fitzgerald y Raymond Radiguet, Schumann y Brahms) y luego Claire dijo,
Claire opina, Claire intuye. Los personajes de Carné viven la libertad
como una conspiración vergonzosa. Fitzgerald inventó las modas, los
gestos y las decepciones que nos siguen alimentando. El Réquiem Alemán
celebra todas las muertes profanas. Sí, te contesté. Orozco acaba de
morir y en Bellas Artes hay una gigantesca retrospectiva de Diego. Y más
vueltas, todo transcrito, como te lo pedí.
—Cada vez que lo escucho, me digo que es como si nos diéramos cuenta
que es necesario consagrar todo lo que hasta ahora ha sido condenado,
Juan Luis; voltear el guante. ¿Quién nos mutiló, mi amor? Hay tan poco
tiempo para recuperar todo lo que nos han robado. No, no me propongo
nada, ¿ves? No hagamos planes. Creo lo mismo que Radiguet: las maniobras
inconscientes de un alma pura son aún más singulares que las
combinaciones del vicio.
¿Qué te podía contestar? Aquí lo de siempre, Juan Luis. Papá y mamá
están tristísimos de que no nos acompañes para las bodas de plata. Papá
ha sido ascendido a vicepresidente de la aseguradora y dice que es el
mejor regalo de aniversario. Mamá, pobrecita, cada día inventa más
enfermedades. Empezó a funcionar el primer canal de televisión. Estoy
preparando los exámenes de tercer año. Sueño un poco con todo lo que tú
vives; me hago la ilusión de encontrarlo en los libros. Ayer le contaba a
Federico todo lo que haces, ves, lees y oyes, y pensamos que, quizá, al
recibirnos podríamos ir a visitarte. ¿No piensas regresar algún día?
Podías aprovechar las siguientes vacaciones, ¿no?
Escribiste que el otoño era distinto al lado de Claire. Salían a
caminar mucho los domingos, tomados de la mano, sin hablar; quedaba en
los parques un aroma final de jacintos podridos, pero ahora el olor de
las hojas quemadas los perseguía durante esos largos paseos que te
recordaban los nuestros por la playa hace años, porque ni tú ni Claire
se atrevían a romper el silencio, por más cosas que se les ocurrieran,
por más sugerencias que adelantara ese enigma de las estaciones
quebradas en sus orillas, en su contacto de jazmines y hojas secas. Al
final, el silencio. Claire, Claire —me escribiste a mí—, lo has
entendido todo. Tengo lo que tuve siempre. Ahora lo puedo poseer. Ahora
he vuelto a encontrarte, Claire.
Dije otra vez en mi siguiente carta que Federico y yo estábamos
preparando juntos un examen y que iríamos a pasar el fin de año en
Acapulco. Pero lo taché antes de enviarte la carta. En la tuya no
preguntabas quién era Federico —y si pudieras hacerlo hoy, no sabría
contestar—. Cuando llegaron las vacaciones, dije que no me pasaran más
sus llamadas; ya no tuve que verlo en la escuela; fui sola, con mis
papás, a Acapulco. No te conté nada de eso. Te dejé de escribir durante
varios meses, pero tus cartas siguieron llegando. Ese invierno, Claire
se fue a vivir contigo al cuarto de Bourg-de-Four. Para qué recordar las
cartas que siguieron. Ahí vienen en la bolsa. “Claire, todo es nuevo.
Nunca habíamos estado juntos al amanecer. Antes, esas horas no contaban;
eran una parte muerta del día y ahora son las que no cambiaría por
nada. Hemos vivido tan unidos siempre, durante las caminatas, en el
cine, en los restaurants, en la playa, fingiendo aventuras, pero siempre
vivíamos en cuartos distintos. ¿Sabes todo lo que hacía, solitario,
pensando en ti? Ahora no pierdo esas horas. Paso toda la noche detrás de
ti, con los brazos alrededor de tu cintura, con tu espalda pegada a mi
pecho, esperando que amanezca. Tú ya sabes y me das la cara y me sonríes
con los ojos cerrados, Claire, mientras yo aparto la sábana, olvido los
rincones que tú has entibiado toda la noche y te pregunto si no es esto
lo que habíamos deseado desde siempre, desde el principio, cuando
jugamos y caminábamos en silencio y tomados de la mano. Teníamos que
acostarnos bajo el mismo techo, en nuestra propia casa, ¿verdad? ¿Por
qué no me escribes, Claudia? Te quiere, Juan Luis.”
Quizá recuerdes mis bromas. No era lo mismo quererse en una playa o
en un hotel rodeado de lagos y nieve que vivir juntos todos los días.
Además, trabajaban en la misma oficina. Acabarían por aburrirse. La
novedad se perdería. Despertar juntos. No era muy agradable, en
realidad. Ella verá cómo te lavas los dientes. Tú la verás
desmaquillarse, untarse cremas, ponerse las ligas... Creo que has hecho
mal, Juan Luis. ¿No ibas en busca de la independencia? ¿Para qué te has
echado esa carga encima? En ese caso, más te hubiera valido quedarte en
México. Pero por lo visto es difícil huir de las convenciones en las que
nos han criado. En el fondo, aunque no hayas cumplido las formas, estás
haciendo lo que papá y mamá y todos siempre han esperado de ti. Te has
convertido en un hombre ordenado. Tanto que nos divertimos con Doris y
Sophía y Marie-José. Lástima.
No nos escribimos durante un año y medio. Mi vida no cambió para
nada. La carrera se volvió un poco inútil, repetitiva. ¿Cómo te van a enseñar
literatura? Una vez que me pusieron en contacto con algunas cosas, supe
que me correspondía volar sola, leer y escribir y estudiar por mi
cuenta, y sólo seguí asistiendo a clase por disciplina, porque tenía que
terminar lo que había empezado. Se vuelve tan idiota y tan pedante que
le sigan explicando a uno lo que ya sabe a base de esquemas y cuadros
sintéticos. Es lo malo de ir por delante de los maestros, y ellos lo
saben pero lo ocultan, para no quedarse sin chamba. Íbamos entrando al
Romanticismo y yo ya estaba leyendo a Firbank y Rolfe, y hasta había
descubierto a William Golding. Tenía un poco asustados a los profesores y
mi única satisfacción en esa época eran los elogios en la Facultad:
Claudia es una promesa. Me encerré cada vez más en mi cuarto, lo arreglé
a mi gusto, ordené mis libros, colgué mis reproducciones, instalé mi
tocadiscos y mamá se aburrió de pedirme que conociera muchachos y
saliera a bailar. Me dejaron en paz. Cambié un poco mi guardarropa, de
los estampados que tú conociste a la blusa blanca con falda oscura, al
traje sastre, a lo que me hace sentirme un poco más seria, más severa,
más alejada.
Parece que hemos llegado al aeropuerto. Giran las pantallas de radar y
dejo de hablarte. El momento va a ser desagradable. Los pasajeros se
remueven. Tomo mi bolsa de mano y mi estuche de maquillaje y mi abrigo.
Me quedo sentada esperando que los demás bajen. Al fin, el chofer me
dice:
—Nous voilà mademoiselle. L’avion part dans une demiheure.
No. Ese es el otro, el que va a Milán. Me acomodo el gorro de piel y
desciendo. Hace un frío húmedo y la niebla ha ocultado las montañas. No
llueve, pero el aire contiene millones de gotas quebradas e invisibles:
las siento en el pelo. Me acaricio el pelo rubio y lacio. Entro al
edificio y me dirijo a la oficina de la compañía. Digo mi nombre y el
empleado asiente en silencio. Me pide que le siga. Caminamos por un
largo corredor bien alumbrado y luego salimos a la tarde helada.
Cruzamos un largo trecho de pavimento hasta llegar a una especie de
hangar. Camino con los puños cerrados. El empleado no intenta conversar
conmigo. Me precede, un poco ceremonioso. Entramos al depósito. Huele a
madera húmeda, a paja y alquitrán. Hay muchos cajones dispuestos con
orden, así como cilindros y hasta un perrito enjaulado que ladra. Tu
caja está un poco escondida. El empleado me la muestra, inclinándose con
respeto. Toco el filo del féretro y no hablo durante algunos minutos.
El llanto se me queda en el vientre, pero es como si llorara. El
empleado espera y cuando lo cree conveniente me muestra los distintos
papeles que estuve tramitando durante los últimos días, los permisos y
visto buenos de la policía, la salubridad, el consulado mexicano y la
compañía de aviación. Me pide que firme de conformidad el documento
final de embarque. Lo hago y él lame el reverso engomado de unas
etiquetas y las pega sobre el resquicio del féretro. Lo sella. Vuelvo a
tocar la tapa gris y regresamos al edificio central. El empleado murmura
sus condolencias y se despide de mí.
Después de arreglar los documentos con la compañía y las autoridades
suizas, subo al restaurant con mi pase entre los dedos y me siento y
pido un café. Estoy sentada junto al ventanal y veo a los aviones
aparecer y desaparecer por la pista. Se pierden en la niebla o salen de
ella, pero el ruido de los motores los precede o queda detrás como una
estela sonora. Me dan miedo. Sí, tú sabes que me dan un miedo horroroso y
no quiero pensar en lo que será este viaje de regreso contigo, en pleno
invierno, mostrando en cada aeropuerto los documentos con tu nombre y
los permisos para que puedas pasar. Me traen el café y lo tomo sin
azúcar; me sienta bien. No me tiembla la mano al beberlo.
Hace nueve semanas rasgué el sobre de tu primera carta en dieciocho
meses y dejé caer la taza de café sobre el tapete. Me hinqué
apresuradamente a limpiarlo con la falda y luego puse un disco, anduve
por el cuarto mirando los lomos de los libros, cruzada de brazos; hasta
leí unos versos, lentamente, acariciando las tapas del libro, segura de
mí misma, lejos de tu carta desconocida y escondida dentro del sobre
rasgado que yacía sobre un brazo del sillón.
¡Oh dulces prendas, por mi mal halladas,
dulces y alegres cuando Dios quería!
Juntas estáis en la memoria mía
y con ella en mi muerte conjuradas.
“Claro que nos hemos peleado. Ella sale golpeando la puerta y yo casi
lloro de la rabia. Trato de ocuparme pero no puedo y salgo a buscarla.
Sé dónde está. En frente, en La Clémence, bebiendo y fumando
nerviosamente. Bajo por la escalera rechinante y salgo a la plaza, y
ella me mira de lejos y se hace la desentendida. Cruzo el jardín y subo
al nivel más alto de Bourg-de-Four lentamente, con los dedos rozando la
balaustrada de fierro; llego al café y me siento a su lado en una de las
sillas de mimbre. Estamos sentados al aire libre; en el verano el café
invade las aceras y se escucha la música del carrillón de St. Pierre.
Claire habla con la mesera. Dicen idioteces sobre el clima con ese
odioso sonsonete suizo. Espero a que Claire apague el cigarrillo en el
cenicero y hago lo mismo para tocar sus dedos. Me mira. ¿Sabes cómo,
Claudia? Como me mirabas tú, encaramada en las rocas de la playa,
esperando que te salvara del ogro. Tenías que fingir que no sabías si yo
venía a salvarte o a matarte en nombre de tu carcelero. Pero a veces no
podías contener la risa y la ficción se venía abajo por un instante. El
pleito empezó por un descuido mío. Me acusó de ser descuidado y de
crearle un problema moral. ¿Qué íbamos a hacer? Si por lo menos yo
tuviera una respuesta inmediata, pero no, simplemente me había
enconchado, silencioso y huraño, y ni siquiera había huido de la
situación para hacer algo inteligente. En la casa había libros y discos,
pero yo me dediqué a resolver crucigramas en las revistas.
“—Tienes que decidirte, Juan Luis. Por favor.
“—Estoy pensando.
“—No seas tonto. No me refiero a eso. A todo. ¿Vamos a dedicarnos
toda la vida a clasificar documentos de la onu? ¿O sólo estamos viviendo
una etapa transitoria que nos permita ser algo más, algo que no sabemos
todavía? Estoy dispuesta a cualquier cosa, Juan Luis, pero no puedo
tomar decisiones yo sola. Dime si nuestra vida juntos y nuestro trabajo
es sólo una aventura; estaré de acuerdo. Dime si las dos cosas son
permanentes; también estaré de acuerdo. Pero ya no podemos actuar como
si el trabajo fuera pasajero y el amor permanente, ni al revés, me
entiendes?
“¿Cómo iba a explicarle, Claudia, que su problema me resulta
incomprensible? Créeme, sentado allí en La Clémence, viendo pasar a los
jóvenes en bicicleta, escuchando las risas y murmullos de los que nos
rodeaban, con las campanas de la catedral repiqueteando su música,
créeme, hermana, huí de todo ese mundo circundante, cerré los ojos y me
hundí en mí mismo, afiné en mi propia oscuridad una inteligencia secreta
en mi persona, adelgacé todos los hilos de mi sensibilidad para que al
menor movimiento del alma los hiciese vibrar, tendí toda mi percepción,
toda mi adivinanza, toda la trama del presente como un arco, para
disparar al futuro y revelarlo, hiriéndolo. Esta flecha salió disparada y
no había un blanco, Claudia, no había nada hacia adelante, y toda esa
construcción interna y dolorosa —sentía las manos frías por el esfuerzo—
se derrumbaba como una ciudad de arena al primer asalto de las olas;
pero no para perderse, sino para regresar al océano de eso que llaman
memoria; a la niñez, a los juegos, a nuestra playa, a una alegría y un
calor que todo lo demás sólo trata de imitar, de prolongar, de confundir
con proyectos de futuro y reproducir con sorpresas de presente. Sí, le
dije que estaba bien; buscaríamos un apartamento más grande. Claire va a
tener un niño.”
Ella misma me dirigía una carta con aquella letra que sólo había
visto en la tarjeta postal de Montreux. “Sé lo importante que es usted
para Juan Luis, cómo crecieron juntos y todo lo demás. Tengo muchos
deseos de tratarla y sé que seremos buenas amigas. Créame que la
conozco. Juan Luis habla tanto de usted que a veces hasta siento celos.
Ojalá pueda venir a vernos algún día. Juan Luis ha hecho muy buena
carrera y todos lo quieren mucho. Ginebra es chica, pero agradable. Nos
hemos encariñado con la ciudad por los motivos que podrá adivinar y aquí
haremos nuestra vida. Todavía podré trabajar varios meses; estoy sólo
en el segundo mes del embarazo. Su hermana, Claire.”
Y del sobre cayó la nueva foto. Has engordado y me lo adviertes en el reverso: “Demasiado fondue,
hermanita”. Y te estás quedando calvo, igual que papá. Y ella es muy
hermosa, muy Botticelli, con su cabello largo y rubio y una boina muy
coqueta. ¿Te has vuelto loco, Juan Luis? Eras un joven hermoso cuando
saliste de México. Mírate. ¿Te has visto? Cuida la dieta. Sólo tienes
veintisiete años y pareces de cuarenta. ¿Y qué lees, Juan Luis, qué te
preocupa? ¿Los crucigramas? No puedes traicionarte, por favor, sabes que
yo dependo de ti, de que tú crezcas conmigo; no te puedes quedar atrás.
Prometiste que ibas a seguir estudiando allá; se lo dijiste a papá. Te
está cansando el trabajo de rutina. Sólo tienes ganas de llegar a tu
apartamento y leer el periódico y quitarte los zapatos. ¿No es cierto?
No lo dices, pero yo sé que es cierto. No te arruines, por favor. Yo he
seguido fiel. Yo mantengo viva nuestra niñez. No me importa que estés
lejos. Pero tenemos que seguir unidos en lo que importa; no podemos
conceder nada a lo que nos exige ser otra cosa, ¿recuerdas?, fuera del
amor y la inteligencia y la juventud y el silencio. Quieren deformarnos,
hacernos como ellos; no nos toleran. No sirvas, Juan Luis, te lo ruego,
no olvides lo que me dijiste aquella tarde en el café de Mascarones.
Una vez que se da el primer paso en esa dirección, todo está perdido; no
hay regreso. Tuve que enseñarle tu carta a nuestros padres. Mamá se
puso muy mala. La presión. Está en Cardiología. Espero no darte una mala
noticia en mi siguiente. Pienso en ti, te recuerdo, sé que no me
fallarás.
Llegaron dos cartas. Primero la que me dirigiste, diciéndome que
Claire había abortado. Luego la que le enviaste a mamá, anunciando que
ibas a casarte con Claire dentro de un mes. Esperabas que todos
pudiéramos ir a la boda. Le pedí a mamá que me dejara guardar su carta
junto con las mías. Las puse al lado y estudié tu letra para saber si
las dos estaban escritas por la misma persona.
Fue una decisión rápida, Claudia. Le dije que era prematuro. Somos
jóvenes y tenemos derecho a vivir sin responsabilidades por algún
tiempo, Claire dijo que estaba bien. No sé si comprendió todo lo que le
dije. Pero tú sí, ¿verdad?”
“Quiero a esta muchacha, lo sé. Ha sido buena y comprensiva conmigo y
a veces hasta la he hecho sufrir; ustedes no se avergonzarán de que
quiera compensarla. Su padre es viudo; es ingeniero y vive en Neuchâtel.
Ya está de acuerdo y vendrá a la boda. Ojalá qué tú, papá y Claudia
puedan acompañarnos. Cuando conozcas a Claire la querrás tanto como yo,
mamá.”
Tres semanas después Claire se suicidó. Nos llamó por teléfono uno de
tus compañeros de trabajo; dijo que una tarde ella pidió permiso para
salir de la oficina; le dolía la cabeza; entró a un cine temprano y tú
la buscaste esa noche, como siempre, en el apartamento, la esperaste y
luego te lanzaste por la ciudad, pero no la pudiste encontrar; estaba
muerta en el cine, había tomado el veronal antes de entrar y se había
sentado sola en primera fila, donde nadie podía molestarla; llamaste a
Neuchâtel, volviste a recorrer las calles, los restaurants y te sentaste
en La Clémence hasta que cerraron. Sólo al día siguiente te llamaron de
la morgue y fuiste a verla. Tu amigo nos dijo que debíamos ir por ti,
obligarte a regresar a México: estabas enloquecido de dolor. Yo le dije
la verdad a nuestros padres. Les enseñé la última carta tuya. Ellos se
quedaron callados y luego papá dijo que no te admitiría más en la casa.
Gritó que eras un criminal.
Termino el café y un empleado señala hacia donde estoy sentada. El
hombre alto, con las solapas del abrigo levantadas, asiente y camina
hacia mí. Es la primera vez que veo ese rostro tostado, de ojos azules y
pelo blanco. Me pide permiso para sentarse y me pregunta si soy tu
hermana. Le digo que sí. Dice que es el padre de Claire. No me da la
mano. Le pregunto si quiere tomar un café. Niega con la cabeza y saca
una cajetilla de cigarros de la bolsa del abrigo. Me ofrece uno. Le digo
que no fumo. Trata de sonreír y yo me pongo los anteojos negros. Vuelve
a meter la mano a la bolsa y saca un papel. Lo coloca, doblado, sobre
la mesa.
—Le he traído esta carta.
Trato de interrogarlo con las cejas levantadas.
—Tiene su firma. Está dirigida a mi hija. Estaba sobre la almohada de
Juan Luis la mañana que lo encontraron muerto en el apartamento.
—Ah, sí. Me pregunté qué habría sido de la carta. La busqué por todas partes.
—Sí, pensé que le gustaría conservarla. —Ahora sonríe como si ya me
conociera—. Es usted muy cínica. No se preocupe. ¿Para qué? Ya nada
tiene remedio.
Se levanta sin despedirse. Los ojos azules me miran con tristeza y
compasión. Trato de sonreír y recojo la carta. El altoparlante:
—...le départ de son vol numéro 707... Paris, Gander, New York et México... priés de se rendre à la porte numéro 5.
Tomo mis cosas, me arreglo la boina y bajo a la puerta de salida.
Llevo la bolsa y el estuche en las manos y el pase entre los dedos, pero
logro, entre la puerta y la escalerilla del avión, romper la carta y
arrojar los pedazos al viento frío, a la niebla que quizá los lleve
hasta el lago donde te zambullías, Juan Luis, en busca de un espejismo.